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Los Laberintos

Mapa de Jericó. Elisha ben Avraham Crescas (manuscrito medieval). Siglo XV

Los laberintos que aparecen en varias culturas del mundo tienen un simbolismo muy importante para el ser humano. Esconden en su centro la bestia bramadora, el minotauro cretense, representación del ego, del yo, del mí mismo. Fondo interno de cada hombre y de cada mujer, a donde tiene que llegar el estudiante gnóstico a darle muerte al minotauro, es decir a su ego, a sus yoes; pero para llegar ahí, tiene que orientarse muy bien para no perderse en el laberinto, símbolo de ese manojo de teorías que dicen mucho y nada orientan, solo provocan en las personas la confusión, el enredo, la complicación, las tinieblas, etc.

Uno de los problemas más difíciles de nuestra época ciertamente viene a ser el intrincado laberinto de las teorías. La mercadería de almas, de libros y teorías es pavorosa, raro es aquel que entre la telaraña de tantas ideas contradictorias logre en verdad hallar el camino secreto, lo más grave de todo esto es la fascinación intelectiva; existe la tendencia a nutrirse estrictamente en forma intelectual con todo lo que llega a la mente.

Los vagabundos del intelecto ya no se contentan con toda esa librería subjetiva y de tipo general que abunda en los mercados de libros, sino que ahora y para colmo de los colmos, también se saturan e indigestan con el seudo-esoterismo y seudo-ocultismo barato que abunda por doquiera como la mala hierba.

El resultado de todas estas jergas es la confusión y desorientación manifiesta de los bribones del intelecto.

Constantemente recibimos cartas y libros de toda especie; los remitentes como siempre interrogan sobre ésta o aquella escuela, sobre tal o cual libro, en la Gnosis nos limitamos a contestar lo siguiente: Deje usted la ociosidad mental; a nadie debe importarle la vida ajena, desintegre el yo animal de la curiosidad, a usted no deben importarle las escuelas ajenas, vuélvase serio, conózcase a sí mismo, estúdiese a sí mismo, obsérvese a sí mismo, etc., etc., etc.

Realmente lo importante es conocerse a sí mismo profundamente en todos los niveles de la mente. Las tinieblas son la inconsciencia, el laberinto; la luz es la conciencia libre del ego; debemos permitir que la luz penetre en nuestras tinieblas; obviamente la luz tiene poder para vencer a la oscuridad.

Desgraciadamente todos nos encontramos auto-encerrados dentro del ambiente fétido e inmundo de nuestra propia mente, adorando al querido Ego.

No somos dueños de nuestra vida, ciertamente cada uno de nosotros, está controlado desde adentro por muchas otras personas, por toda esa multiplicidad de yoes que llevamos dentro. Patentemente, cada uno de esos yoes pone en nuestra mente lo que debemos pensar, en nuestra boca lo que debemos decir, en el corazón lo que debemos sentir, etc., en estas condiciones la humana personalidad no es más que un robot gobernado por distintas personas que se disputan la supremacía y que aspiran al control de los centros capitales de la máquina orgánica.

En verdad, el pobre animal intelectual equivocadamente llamado hombre, aunque se crea muy equilibrado, vive en un desequilibrio psicológico completo. El mamífero intelectual en modo alguno es unilateral, si lo fuera, sería equilibrado. El humano intelectual es desgraciadamente multilateral y eso está demostrado hasta la saciedad.

¿Cómo podría ser equilibrado el humanoide racional? Para que exista equilibrio perfecto se necesita de la conciencia despierta, solo la luz de la conciencia dirigida no desde de los ángulos sino en forma plena central sobre nosotros mismos, puede acabar con los contrastes, con las contradicciones psicológicas y establecer en nosotros el verdadero equilibrio interior.

Si disolvemos todo ese conjunto de yoes que en nuestro interior llevamos, simbolizados por el minotauro cretense, viene el despertar de la conciencia y como secuencia o corolario el equilibrio verdadero de nuestra propia psiquis. Desafortunadamente no queremos darnos cuenta del laberinto donde vivimos, de la inconsciencia en que vivimos; dormimos profundamente.

Si estuviéramos despiertos, cada cual sentiría a sus prójimos en sí mismos. Si estuviéramos despiertos, nuestros prójimos nos sentirían en su interior.

Entonces obviamente las guerras no existirían y la tierra entera sería en verdad un paraíso. La luz de la conciencia, dándonos verdadero equilibrio psicológico, viene a establecer cada cosa en su lugar, y lo que antes entraba en conflicto íntimo con nosotros, de hecho, queda en su sitio adecuado.

Es tal la inconsciencia de las multitudes que ni siquiera son capaces de encontrar la relación existente entre luz y conciencia. Incuestionablemente luz y conciencia son dos aspectos de lo mismo; donde hay luz hay conciencia.

La inconsciencia es tinieblas y éstas últimas existen en nuestro interior. Solo mediante la auto-observación psicológica permitimos que la luz penetre en nuestras propias tinieblas.

"La luz vino a las tinieblas, pero las tinieblas no la comprendieron”.

En la mitología griega Teseo, el príncipe ateniense, (hijo de Etra y el rey Egeo) encontramos que el príncipe (símbolo de todos aquellos seres que están luchando por eliminar sus errores internos) se traslada a la isla de Creta, (la isla más grade de Grecia) lugar donde se encuentra un Laberinto, símbolo de la confusión, el enredo, la complicación, las tinieblas, etc., en cuyo centro se resguarda el Minotauro, Teseo se propone darle muerte y así liberarse de las cadenas del ego, pero se encuentra ante el dilema de cómo salir del laberinto una vez conseguido su propósito, (como prueba de que el buscador del real camino siempre obtiene la ayuda divina) entonces Ariadna, hija de Minos y de Pasífae, le entrega una bola de hilo que iría desenrollando a medida que avanzara por el laberinto, entonces, Teseo mató al Minotauro y enseguida salió de ahí siguiendo la luz de su Conciencia, el hilo, símbolo de la Conciencia despierta.

Enviado por instructor José Isabel Mauricio Vargas, Rincón de Romos, Ags. y Loreto, Zac

Texto: La Gran Rebelión.

Imagen: Mapa de Jericó. Elisha ben Avraham Crescas (manuscrito medieval). Siglo XV

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