CAPÍTULO 25
RETORNO Y RECURRENCIA
Un hombre es lo que es su vida, si un hombre no modifica nada
dentro de sí mismo, si no transforma radicalmente su vida, si no trabaja sobre
sí mismo, está perdiendo su tiempo miserablemente. La muerte es el regreso al
comienzo mismo de su vida con la posibilidad de repetirla nuevamente.
Mucho se ha dicho en la Literatura Seudo-Esotérica y
Seudo-Ocultista sobre el tema de las vidas sucesivas, mejor es que nos ocupemos
de las existencias sucesivas. La vida de cada uno de nos con todos sus tiempos
es siempre la misma repitiéndose de existencia en existencia, a través de los
innumerables siglos.
Incuestionablemente continuamos en la simiente de nuestros
descendientes; esto es algo que ya está demostrado. La vida de cada uno de nos
en particular es una película viviente que al morir nos llevamos a la eternidad.
Cada uno de nos se lleva su película y la vuelve a traer para
proyectarla otra vez en la pantalla de una nueva existencia. La repetición de
dramas, comedias y tragedias, es un axioma fundamental de la Ley de Recurrencia.
En cada nueva existencia se repiten siempre las mismas
circunstancias. Los actores de tales escenas siempre repetidas, son esas gentes
que viven dentro de nuestro interior, los «Yoes». Si desintegramos esos actores,
esos «Yoes» que originan las siempre repetidas escenas de nuestra vida, entonces
la repetición de tales circunstancias se haría algo más que imposible.
Obviamente sin actores no puede haber escenas; esto es algo
irrebatible, irrefutable. Así es como podemos libertarnos de las Leyes de
Retorno y Recurrencia, así podemos hacernos libres de verdad. Obviamente cada
uno de los personajes (Yoes) que en nuestro interior llevamos, repite de
existencia en existencia su mismo papel; si lo desintegramos, si el actor muere
el papel concluye.
Reflexionando seriamente sobre la Ley de Recurrencia o
repetición de escenas en cada Retorno, descubrimos por auto-observación íntima,
los resortes secretos de esta cuestión.
Si en la pasada existencia a la edad de veinticinco años
tuvimos una aventura amorosa es indubitable que el «Yo» de tal compromiso
buscará a la dama de sus ensueños a los veinticinco años de la nueva existencia.
Si la dama en cuestión entonces sólo tenía quince años, el «Yo de tal aventura
buscará a su amado en la nueva existencia a la misma edad justa.
Resulta claro comprender que los dos «Yoes» tanto el de él
como el de ella, se busquen telepáticamente y se reencuentren nuevamente para
repetir la misma aventura amorosa de la pasada existencia. Dos enemigos que a
muerte pelearon en la pasada existencia, se buscarán otra vez en la nueva
existencia para repetir su tragedia a la edad correspondiente.
Si dos personas tuvieron un pleito por bienes raíces a la
edad de cuarenta años en la pasada existencia, a la misma edad se buscarán
telepáticamente en la nueva existencia para repetir lo mismo. Dentro de cada uno
de nosotros viven muchas gentes llenas de compromisos; eso es irrefutable.
Un ladrón carga en su interior una «Cueva» de ladrones con
diversos compromisos delictuosos. El asesino lleva dentro de sí mismo un «Club»
de asesinos y el lujuriosos porta en su psiquis una «casa de citas».
Lo grave de todo esto es que el intelecto ignora la
existencia de tales gentes o «Yoes» dentro de sí mismo y de tales compromisos
que fatalmente se van cumpliendo.
Todos estos compromisos de los Yoes que dentro de nosotros
moran, se suceden por debajo de nuestra razón. Son hechos que ignoramos, cosas
que nos suceden, acontecimientos que se procesan en el subconsciente e
inconsciente.
Con justa razón se nos ha dicho que todo nos sucede, como
cuando llueve o como cuando truena. Realmente tenemos la ilusión de hacer,
empero nada hacemos, nos sucede, esto es fatal, mecánico...
Nuestra personalidad es tan sólo el instrumento de distintas
gentes (Yoes), mediante la cual cada una de esas gentes (Yoes) cumple sus
compromisos.
Por debajo de nuestra capacidad cognoscitiva suceden muchas
cosas, desgraciadamente ignoramos lo que por debajo de nuestra pobre razón
sucede. Nos creemos sabios cuando en verdad ni siquiera sabemos que no sabemos.
Somos míseros leños arrastrados por las embravecidas olas del mar de la
existencia.
Salir de esta desgracia, de esta inconsciencia, del estado
tan lamentable en que nos encontramos, sólo es posible muriendo en sí mismos...
¿Cómo podríamos despertar sin morir previamente? ¡Sólo con la muerte adviene lo
nuevo! Si el germen no muere la planta no nace.
Quien despierta de verdad adquiere por tal motivo plena
objetividad de su conciencia, iluminación auténtica, felicidad...